Hoy en día los niños ya no van ni vienen solos de la escuela. He tenido la discusión con mi hermano de cuándo comencé a ir solo al colegio. Para él, fue prácticamente hasta el bachillerato, pues siempre está presente su instinto sobreprotector. Y aunque es curioso que no recuerde haber realizado el trayecto conmigo antes de la fecha que señala, a decir verdad, comencé a regresar sin guardia del colegio desde finales del cuarto año de primaria, o principios del quinto. Un par de meses después de que me rompiera la barbilla en el asfalto al caer de la bicicleta. Este hecho, ambos lo recordamos, porque además del susto, mi hermano no sabía qué hacer conmigo y con la hemorragia que trató de controlar con gasas, hasta que me llevó después de una hora a la Clínica 25, donde laboraba mi madre, para suturar la herida con cinco puntadas, que me dejaron una cicatriz horizontal de extremo a extremo de la barbilla, y que se convirtió en prueba fidedigna de que, en aquellos años, la inseguridad era provocada por las bicicletas y que nadie, absolutamente nadie, se salvaba de esa hermosa y heroica cicatriz que deja la infancia.

